Sí, también detrás de la valla negra había un terreno lleno de enigmas. Allí crecían los nobles escaramujos con sus grandes frutos carnosos; luego, las hileras de frambuesas y, detrás, un matorral de membrillos, trasplantado desde el jardín medio, atrás del invernadero. Las hileras de frambuesas estaban bien cuidadas; cada otoño, se limpiaban, y los brotes delgados, con sus espinitas inofensivas, se ataban en lo alto. Nosotras, podíamos ayudar a nuestra madre a recolectarlas. Entre las frambuesas, mientras cosechábamos las fragantes bayas que se desprendían fácilmente con un suave tirón, mi madre, de repente, se volvía muy cercana, amigable, relajada y feliz junto a nosotras. Una se sentía segura junto a ella, entre las ramas altas, donde el ambiente era cálido porque estaba protegido del viento. De vez en cuando, madre decía: “Bueno, ahora pueden comer una frambuesa.” Era, sin duda, la mejor forma de preservar la cosecha sin someter a las niñas a demasiada privación. Así, la tarea de recolectar frambuesas transcurría con ánimo. En ese rincón, siempre estábamos a solas con nuestra madre, y ella de buen humor, como si la recolección de frutas elevara y complaciera su ser, envolviéndolo en un bello ritmo, lleno de equilibrio y satisfacción. Quizás, para ella, había una dicha especial en tenernos solo a nosotras, las niñas, por una hora en el día, porque, en general, era nuestro padre quien nos instruía, nos enseñaba, paseaba con nosotras, y al que tanto nos gustaba observar mientras trabajaba. Nuestra madre, en cambio, se ocupaba de la abuela y de la casa, y apenas nos pedía ayuda con quehaceres, que no nos gustaban nada. Entonces, buscábamos refugio en nuestros pequeños hornos de barro y juegos de ese estilo. Pero, en todos estos inventos infantiles, nuestro padre siempre daba ideas y ayuda, a veces en una sutil oposición a las mujeres de la casa, como si no fuéramos niñas, sino niños.alma de l'aigle
Alma de l'Aigle: Un jardín
Buchwald
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